Los dioses del clima

En pleno mes de mayo, cuando las plantas habían explotado a la vida, comienza a llover un día, otro y otro como si aun estuviésemos saliendo del invierno. La humedad y el aire fresco de la sierra persigue a los niños y a sus padres hasta la puerta de casa.

La algarabía de las tardes de sol primaveral se había interrumpido, las piernas y los brazos se volvieron a esconder dentro de los pantalones y la chaqueta.

Los platos de las macetas rebosan de agua, el césped de la cuesta del parque rezuma formando un riachuelo a través del paseo y el jardín de casa se llena de pétalos de las rosas tempraneras, aquellas que se apresuraron a vivir la fragancia primaveral.

La lluvia de estos días ha sido una bendición de los dioses climáticos, a pesar de que últimamente están un poco enfadados, porque sus antiguos fieles, los humanos, están entretenidos llenando la atmósfera  con humos de bosques incendiados y de fábricas obsoletas, con gases de desodorantes, frigoríficos y  acondicionadores de aire, con escapes de coches deportivos y de centrales eléctricas, con ruidos ensordecedores y olores asquerosos de granjas clandestinas.

Los dioses del clima echan de menos a aquellos moradores del planeta, piadosos y pedigüeños, que en cada estación del año formaban cola para pedirle la lluvia, el sol, la nieve, el calor. Eran días de mucho trabajo y de ilusión. Ahora están preocupados en especular, en consumir alocadamente, en ir deprisa a ninguna parte, en vivir realidades virtuales, en matarse por un trozo de terreno, por una ideología o por una religión.

Sin embargo ellos saben que siempre habrá  personas pensantes y preocupadas por el clima y por las condiciones de vida de los habitantes de este planeta. Un ejemplo de ellas son esos tres científicos a los que en 1995 les han concedido el premio Nóbel de química: el químico mexicano Mario Molina, el químico estadounidense Frank Sherwood Rowland y el meteorólogo holandés Paul Crutzen. Precisamente les han concedido este galardón por las investigaciones sobre los efectos de los CFCs en la capa de ozono. Otro ejemplo es  el equipo de 2.000 meteorólogos de la Comisión Internacional del Cambio climático (IPCC) cuyos informes concluyen que el calentamiento de nuestro planeta se debe en parte a las actividades industriales del hombre y que este fenómeno está provocando sequías,  inundaciones y un aumento llamativo del nivel del mar

A las afueras de la gran urbe aun se distinguen las estaciones del año y en el jardín se notan  los efectos de los cambios meteorológicos.

El sol lanza sus rayos a través de las nubes, aprovechando un descuido en la marcha precipitada de éstas hacia el este. Por un agujero algodonoso atraviesan la tarde mortecina.

Las gotas de agua que permanecen en los pétalos caídos brillan como pequeños diamantes y aquéllas que han caído como lágrimas en los charcos de la  calle, convierten a ésta en un gran espejo roto.

A lo lejos, en el horizonte, el cielo se enrojece como si la tierra estuviera ardiendo, como si la villa situada al oeste la hubiesen quemado; al otro lado, al este, el arco iris describe la entrada de un túnel de negros nubarrones.

Las hojas de las catalpas y de los plátanos se ponen a llorar al paso de la luz y una lluvia de estrellitas se rompen contra el cemento.

 
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©2006. Lorenzo Alonso