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La guerra política y el ciudadanoEl viento aplasta los árboles, el aire parece el aliento de un dragón, las piernas flojean no pueden con el cuerpo ni con las zapatillas. Sin embargo un grupo de niños y papás conversan animados, ensayan compases de una escala y se ríen de los gallos cuando alguien no llega a una nota alta. En la puerta del Club cultural de la urbanización se mezclan los aprendices de músico, de pintor y de actor. Personas que utilizan el ocio para acercarse a la estética. Ha llegado el verano con todo su fuego y su silencio. Es el tiempo de la canícula. Los que somos de secano nos consolamos pensando en el mar, en su brisa húmeda y cálida, en sus caricias suaves y saladas. El poco tiempo que estamos junto a él nos impregna de recuerdos agradables. A estas horas de la tarde bochornosa de junio unos cuantos jóvenes retozan en la sombra de los álamos del parque, refrescándose en la hierba que esta mañana regó el jardinero. Desde esta atalaya idílica se divisa la batalla social. El ejército situado a la izquierda espera que su contrincante ataque o se rinda. Entre aquellos predominan las luchas intestinas para estar mejor situado en el reparto del botín, se ven las algaradas por mantener estrategias contrapuestas, se miran de reojo para observar quién tiene los bolsillos o la mochila más repleta. Miran a los enemigos desde los montículos en los que están situados con desdén y con desprecio. El sol les ciega, solo ven el caballo del mariscal de campo. El ejército situado a la derecha, bien formado y mejor pertrechado, poco a poco va tomando posiciones en el valle, después al lado del río, posteriormente en las pequeñas aldeas y en las rocas desde donde se emiten las señales. Todos sus capitanes han aprendido la lección: esperar a que el enemigo se desgaste con sus peleas, se ponga nervioso con la espera y vaya destruyéndose. Poco a poco desciende el sol, aparecen los niños con sus patines y sus balones, con sus bicicletas y sus helados. Muchos paseantes inician sus tertulias por las callejuelas de este castillo encantado, ajenos al sonido de las espadas, sin ver el brillo del metal ensangrentado. Viven felices en esta isla de paz, rodeada de un océano trepidante en el que impera la ley del más cruel, del más pícaro, del más demagogo, del más intrigante, del más rastrero...... Desde la tranquilidad del lugar, interrumpida por el violín de un jardín cercano (son los acordes del concierto para violín y orquesta de L.V.Beethoven), observan con indiferencia la ceremonia de la pérdida y la conquista del poder. Esas cosas están lejos de su voluntad y les trae sin cuidado el final de la batalla y su ganador. Antonio García Trevijano (enlace =>El Mundo) en uno de sus innumerables artículos semanales bajo el epígrafe "Contra la confusión”, titulado esta vez "Admirar lo admirable", en el que reflexiona sobre la capacidad de encaje de situaciones y acciones adversas que posee el pueblo español , parafrasea la moral del liberto Epicteto diciendo que "el español sabe distinguir, como todo pueblo sabio, entre las cosas que dependen y las cosas que no dependen de su voluntad. Persigue con violencia las primeras y las consigue: jugar en primera división, impedir traslados de archivos, correr delante de los toros, romper cristales en defensa del puesto de trabajo, aclamar a las víctimas de asesinatos comunes. Y deja de afanarse por las segundas: mal gobernante, mal legislador, mala justicia, tortura y asesinato de Estado, robo de fondos públicos, espionaje de la vida privada, trafico de influencias." |
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| ©2006. Lorenzo Alonso |