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Dulce DerrotaEn las recientes elecciones generales, las listas del Partido Popular no han sido mayoritariamente refrendadas por los votantes. Este hecho se ha interpretado por muchos como si los ciudadanos hubieran elegido directamente al futuro Presidente del Gobierno y el líder de ese partido, don Mariano Rajoy, hubiera fracasado. Según esta visión, los jóvenes votantes, aquellas personas que ven el futuro incierto, los “lobbies” culturales y la mayoría de los habitantes de determinadas regiones (sobre todo Cataluña, País Vasco y Andalucía) no se sintieron atraídos por su mensaje ni por su persona. Pero el señor Rajoy, después de unos días de depresión electoral, salió al atril y alardeó de ganancias de votos y escaños, se ungió con el óleo divino de la “dulce derrota” para tapar las mataduras electorales y se rodeó de una aureola de hombre tranquilo que, a pesar de todo, desea continuar mediante un cambio de equipo; parece que la derrota fue culpa de sus compañeros de viaje. ¿No fue él quien designó a los estrategas, expertos, secretarios y demás cohorte de la caravana electoral? Quizás tendría que aprender de lo que sucede en los ambientes deportivos: una debacle conlleva la destitución del entrenador.
Desde hace mucho tiempo la sociología viene estudiando la influencia determinante de los medios de comunicación en la formación de las opiniones políticas de las personas (Harold D. Lasswell) y su alejamiento de aquel líder u organización que consideran un perdedor (el efecto rechazo). No hay excusa posible, el grupo dirigente del PP tiene que entender que el ciudadano corriente desea liberarse de cualquier lastre (y a esta sensación han contribuido tanto la mala imagen ofrecida en los debates de orden general y económica, como el pernicioso apoyo de algunos dirigentes religiosos o las desafortunadas declaraciones en un prestigioso diario británico...). Si hubiesen sido elecciones democráticas, en las que se elige al representante del distrito o al Presidente del Gobierno, se vería normal que uno ganase y los demás perdieran, pues aquí no hay términos medios. Nadie se atrevería a soltar cursiladas como “dulce derrota” o “amarga victoria”. Simplemente, se ganaría o se perdería. (mi colaboración en el nº 0.34 del Diario español República Constitucional) |
Segunda vuelta españolaLos ciudadanos franceses eligieron directamente al Presidente de su República en la segunda vuelta, ya que en la primera ninguno de los candidatos logró la mayoría absoluta. Un mes después, en las elecciones generales a la Asamblea Nacional, se utilizó el mismo procedimiento para la elección del representante de cada uno de los distritos o circunscripciones del territorio francés. Hace pocos días, en las elecciones locales, se ha podido ver otro tanto de democracia. Como puede verse, en el país vecino son los ciudadanos los que deciden en la primera y segunda vuelta; y los posibles pactos de apoyo a los candidatos que pasan a la segunda vuelta se hacen a la vista de los electores. Aquí, en España, se desconocen las más elementales reglas de la representación política de la sociedad civil a todos los niveles (nacional, regional y local). En las recientes elecciones generales los votantes se limitaron a escoger una de las Listas que les presentaban. Como el conjunto de las Listas de ningún partido político alcanzó la mayoría absoluta en el Congreso, comenzó esta peculiar segunda vuelta en los despachos de los jefes políticos, sentados en el sofá, de espaldas a los electores y al margen del Parlamento, presunta sede de la soberanía popular. En los sótanos de los partidos se negocian los apoyos al partido gubernamental y a los presidentes y a las mesas del Congreso de los Diputados y del Senado, calculándose los costes-beneficios, para que los días de la constitución de las cámaras y de la investidura del Presidente del Gobierno sean el “climax” del consenso. Todo aparecerá “atado y bien atado”, incluso habrá pantomimas (Josu Erkoreka llama cabestro al pactado presidente del Congreso y éste contesta que no dirá ni muu…) que amenicen el encuentro. Estas jornadas serán días de esplendor del Estado de Partidos, de la unidad de Poder con separación de funciones, de la representación de una comedia política: las votaciones serán un mero trámite de lo ya decidido en el sofá del partido político más votado. ¡Qué diferencia hay entre el sistema francés y el régimen español! ¡Qué abismo nos separa!
(mi colaboración en el nº 0.37 del Diario español República Constitucional) |
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